Una persona que dice tener fe necesita cumplir con dos requisitos fundamentales: lo primero es saber escuchar la voz de Dios, y lo segundo es obedecer esa voz.
Abram, es conocido como el padre de la fe. Ahora, el comenzó primero escuchando una orden de Dios. Génesis 12:1 dice “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. El Señor le dio una orden a Abram.
Pero esto no quedó allí, con la voz solamente. Génesis 12:4 dice “Y se fue Abram, como Jehová le dijo…” Él accionó en obediencia lo que había recibido como palabra, y esto permitió que sobre su vida se desate todas las promesas de Dios.
Para que El Señor obre es necesario que tengas una palabra que active tu fe, y en segundo lugar, que camines en obediencia a esa palabra. Porque de nada te sirve que Dios te hable si no estás dispuesto a obedecerle. Santiago 2:14 dice “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”. Necesariamente tu fe te activará a ir, avanzar, alcanzar.
Santiago 2:17 dice “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”. Cuando tienes una fe verdadera, esta te llevará a vivir en el propósito de Dios, y a alcanzar todo aquellos que te propongas en el corazón. El único límite que tienes es el pecado y la desobediencia. Todo lo demás te está permitido. Lo que sueñes, lo que proyectes, podrás alcanzarlo por medio de la fe.
A Dios le molesta mucho más un santulón incrédulo que un desfachatado que constantemente se está desafiando a sí mismo y a él. Por lo tanto, no te conformes a mirar de lejos lo que Dios hace en otros. Busca palabra, activa tu fe y camina en bendición. Porque las cosas grandes son para los que sueñan en grande y viven en consecuencia.


